Dicen que segundas partes nunca fueron buenas y en este caso, me temo que es cierto. El gabinete de las maravillas no hace honor a su predecesor ni de lejos, del que ya hablamos por aquí. La primera desilusión fue en la tienda: un mísero libro de 250 páginas, frente a las más de seiscientas del anterior, con un tamaño de letra ideal para hipermétropes. En fin, que decidí darle un voto de confianza porque lo bueno, si breve… ya saben.

El asesinato del archivero del palacio del Marqués de Hornacho pone a prueba las dotes detectivescas de Isidoro de Montemayor, que en su día persiguió a Avellaneda por medio Madrid. En cuanto empieza a investigar, descubre que el muerto tenía un cuerno en la cabeza, lo que le lleva al gabinete de las maravillas, una sala secreta en palacio en la que el marqués guarda sus más recientes adquisiciones. El Marqués de Hornacho resulta ser un coleccionista de monstruos: un niño con dos cabezas, una hermafrodita, un licántropo… No contento con disecarlos o conservarlos en formol, el marqués intenta cruzarlos a unos con otros para ver si consigue reproducir esas deformaciones. Y en medio de tanta rareza, Isidoro debe descubrir quién y por qué mató al archivero que, todo hay que decirlo, ya tenía apalabrado su cuerno con el marqués.
Como pueden ver, este panorama poco tiene que ver con la base literaria de Ladrones de tinta. Casi me atrevería a decir que Mateo-Sagasta vive de rentas porque, al menos por mi parte, esperaba una trama más compleja, más detalles cotidianos como los que adornaban su anterior libro y muchos más personajes. Obviemos que ha habido una segunda parte y mantengamos a Ladrones de tinta donde se merece: en un lugar privilegiado de cualquier biblioteca.
Bajito no se escucha na-da: Pearl Jam – Yellow Ledbetter…









