Viendo los iconos que la mayoría de la juventud española maneja, sorprende, y a la vez y sobretodo alivia, descubrir que en un país como Alemania los jóvenes se sienten más identificados con alguien como Sophie Scholl que con el subproducto mediático de moda. Tranquiliza pensar que aún hay gente que se preocupa por echar la vista atrás, entender, e intentar cambiar las cosas. Alegra pensar que mucho y bueno está por venir, pues no todos olvidamos, no todos nos conformamos, no todos nos quedamos quietos.
Sophie Scholl sólo estuvo por aquí 22 años (1921-1943), le tocó vivir una época dura, en el lado malo, en el lado en el que los negros no se veían tan negros. No por no querer verlos, desde dentro era más difícil, hasta el mismísimo Rommel desconocía la magnitud del horror y al encontrarla su desacuerdo con el Führer le llevó a la muerte. Funcionaba así, en los campos de concentración no sólo había muertos judíos, polacos o rusos, los campos de concentración se ocuparon también de eliminar a los alemanes que se enfrentaron al régimen, a un loco en el que no creían, a unas ideas en las que no creían.
Pese al control de la dictadura, pese a lo fácil de asentir y mirar hacia otro lado, pese al miedo, algunos no se amilanaron, no se callaron. Al contrario que aquellos a quienes dirigían sus críticas se defendieron de manera pacífica, cuestionando malas ideas con buenas ideas, sólo con la voz y casi siempre susurrando. Una de esas voces fue la de Sophie Scholl, miembro de un grupo clandestino llamado La Rosa Blanca, voz que un día intentó sonar demasiado alta y acabó apagada. Voz que más de sesenta años después, sigue escuchándose, sigue teniendo más razón que los gritos de quienes la acallaron.
Sophie fue decapitada en la guillotina por pensar diferente, por no estar de acuerdo, por sentirse libre muy lejos de la libertad. No quiso irse sin despedir a sus asesinos, sin recordarles lo inevitable: "Vuestras cabezas caerán también". Fue dos años después, en 1945, muy pocos fueron tan consecuentes como Sophie y defendieron sus ideas hasta el final, ninguno tan valiente como ella. La mayoría, Hitler y Goebbels entre ellos, acabaron cobardemente con su triste existencia en agujeros, agujeros en los que deberían haber vivido siempre.

En Sophie Scholl: Los últimos días, veremos el último grito de Sophie y sus compañeros de La Rosa Blanca contra la desgracia nazi. Cómo un mensaje lleno de verdad y buenas intenciones, repartido por los pasillos de la Universidad de Múnich (pasillos que hoy llevan su nombre y el de sus compañeros) acabará con su vida. Conoceremos más de sus ideas y convicciones, de su increíble personalidad, capaz de engañar durante horas a la mismísima Gestapo en un principio para más tarde, al confesar su hermano, intentar salvar a todos asumiendo ella la culpa. Disfrutaremos de la interpretación perfecta de Julia Jentsch, de escenarios cuidadísimos, utilizando los originales que siguen en pie y reproduciendo en el resto hasta el último detalle. De una película que evita tópicos, caer en el morbo de banderas, símbolos y personajes extremadamente crueles e inhumanos. Una historia real, de jóvenes que pelean contra la injusticia y la locura de sus dirigentes, embutidos en chaquetas de lana, con grandes abrigos y largos flequillos, perdiendo su vida pero ganando la pelea para todos, a ritmo de Jazz.

A pesar de saber de lo comprometido de la juventud alemana, sobretodo con su sentimiento de culpa, a pesar de ver esta semana que la juventud francesa despierta, la película me recuerda que estamos muy lejos de donde deberíamos estar. Ya no peleamos, estamos sin fuerzas y quedan muchas peleas por ganar. Recordar esta historia es recordar que no soy quien debería ser, ni siquiera quien me gustaría. Me empuja un poco pero estoy ya demasiado sedado, ya no respondo tan rápido. Estamos demasiado cómodos, sigamos andando, antes de que sea tarde despertemos, hablemos, quejémonos, en voz alta.
Bajito no se escucha na-da: Caesars – Good and gone…